SPECTAVI, reseñas críticas -teatro,literatura,plástica,cine-

Julieta Mariel Messer Contacto: julieta.messer@hotmail.com

El casamiento

Por Luciano Alonso

El casamiento es una obra singular. Tan singular, que compone una anomalía. Por lo tanto, merece un tratamiento cauteloso. El encuentro con la obra no es posible desde las directrices habituales. Es necesario que el espectador esté advertido y predispuesto a enfrentarse con una obra que, por lo menos, resultará rara, cuando no extraña, incluso desconcertante. Digamos que, como mucho del arte contemporáneo, no se entiende. La diferencia radica, claro está, en que -en este caso- hay, en ese no entender, una finalidad buscada, específica, un programa ideológico y estético. El autor, Witold Gombrowicz, es de los más complejos, profundos e interesantes de la contemporaneidad.

¿Por qué la obra “no se entiende”? ¿Porque es uno de esos mamarrachos abstractos donde el espectador completa el sentido? No. No se entiende, porque plasma la atmósfera de irrealidad de los sueños (y de las pesadillas). No se entiende, porque propone una lógica descorrida, estilizada, de la realidad. El argumento parece caprichoso, los diálogos parecen absurdos, por momentos sumamente interesantes, por momentos ininteligibles. Tal como sucede en el mundo onírico. Básicamente, la obra refleja la lógica de los sueños y de las pesadillas. La lógica-ilógica, del mundo onírico.

Por otro lado, es una obra que, en su discurso y transcurso, adquiere consciencia de sí misma, en deslices autológicos, autorreferenciales. Principalmente, son estas dos características las que llevaron a algunos críticos a comparar El casamiento con La vida es sueño, de Calderón De La Barca. Es una comparación válida. Sin embargo, El casamiento, en lugar de escenificar el mundo onírico, articula una narrativa, duplicando los mecanismos del inconsciente. Es decir, El casamiento es una obra donde nunca se tiene la certeza de que se trate efectivamente de un sueño. Sólo es una posibilidad. En uno de los parlamentos de Enrique, el protagonista, se blanquea la posibilidad de que todo sea un delirio del personaje. Un delirio, un sueño, o el reflejo de la realidad, tal como Witold Gombrowicz la percibía: onírica, absurda, delirante, ligeramente angustiante y, en cierta medida, cómica.

Entonces, el discurso es otro: ya no se está hablando de algo universal, como es el mundo onírico, sino de algo personal, subjetivo. El casamiento funciona como la escenificación de una sensibilidad específica. Por eso la obra resulta inspiradora, pese a ser indescifrable. Es críptica y enigmática, pero también cautivante, intrigante, sugerente, como toda la obra de Witold Gombrowicz. ¿Entonces, el espectador tiene que adoptar una postura contemplativa y entregarse a la obra sin tratar de entenderla? Pues, tal vez sí, pero tal vez no.

El “espectador pasivo” corre el riesgo de adormilarse en la insignificancia o en el sopor del significado múltiple. Sin embargo, podemos estar seguros de una cosa: El casamiento está muy lejos de ser aburrida. De hecho, el persistente humor es otra de sus características más relevantes. El casamiento es una obra tremendamente divertida. De una manera muy peculiar, pero divertida al fin. Sostiene un ritmo ágil, veloz, la dinámica de la farsa y la comedia, sólo que, entrelíneas, se plantean ideas y situaciones de hondura filosófica, como quien no quiere la cosa, como por inercia.

Entonces, si bien es una obra compleja y profunda, en realidad, es muy dinámica, muy fácil de sobrellevar, alcanza con verla, sin pretensiones. Es decir, se puede ver la obra como quien contempla a un animal raro, satisfaciendo una curiosidad científica, pero lo mejor es asistir a la obra, como se asiste a un sueño lúcido. Supongo que ese es el abordaje correcto, como cuando soñamos y nos damos cuenta de que todo se trata de un sueño y decidimos abandonarnos sin más, a lo que sea que pase y, de pronto, entendemos que hay, en ese abandono, algo completamente satisfactorio y gratificante, atravesado de una imaginación desbordante, que nos llena de curiosidad y expectativa. Esa sensación es lo más parecido, lo más similar, que se me ocurre para describir la experiencia de ver El casamiento porque, más que una obra de teatro, es una experiencia.

Hablemos, entonces, de la puesta en escena. La evocación del ambiente familiar, mezclado con el de una fonda, un bar, una taberna. Un mismo espacio común, donde la mesa es el elemento clave, repetido, totémico. La elegancia de un casamiento real y la rusticidad de una taberna de pueblo, comparten ese mismo elemento común: la mesa, el símbolo familiar, social, de la civilización y la cultura occidental. Toda la obra transcurrirá sobre y alrededor de esa mesa, que, gracias a unas ruedas, es una mesa móvil, que se transforma en diferentes mesas y siempre es una y distintas. Entonces, habrá algo en el vestuario, que también duplica esa intención simbólica, la corona del rey estará hecha de cubiertos, de cucharas y tenedores.

El pobre y el rico se sientan a la mesa, utilizan cubiertos. Unos serán de oro y otros de alpaca, pero ricos y pobres comparten el mismo rito. Hay, entonces, en el rito de la cena, de la merienda o el almuerzo (instancias que se evocan en la obra), algo asociado a la misma condición humana. Por eso las telas, los trajes, la escenografía, es tan elegante como profana, porque las clases sociales aparecen confundidas. Los sueños son paisajes contaminados, pero liberados, de la importancia clasista. Con acierto, la obra mezcla todas las potencialidades y posibilidades clasistas, en un mismo discurso y escenario común, que funciona como una amalgama de posibilidades económicas, pero también humanas.

Todas las glorias, las miserias, las potencialidades humanas, se funden y mezclan en un mismo discurso, alucinado, que revela una toma de posición política, una respuesta desafiante, irreverente, ante el mundo. La gloria no vale nada, todo es discutible. Nada es del todo seguro, ni sagrado (los dardos envenenados hacia la Iglesia están representados en el personaje del párroco, una caricatura). Ni siquiera las intenciones, el deseo. Ni siquiera el lenguaje, absolutamente burlado, parodiado son, en definitiva, algo sagrado, inviolable. (El padre de Enrique habla de manera lírica y tonta a la vez, alternativamente).

En cierto momento, Enrique (a nadie se le escapan los ecos Shakespereanos del nombre del personaje) manifiesta que, si todo es un sueño, no le importa, en total de que pueda consumar su amor con María (a nadie se le escapan los ecos bíblicos del nombre). María, que es mesera y, al mismo tiempo, el amor de su vida, su amor de juventud. Es decir, a Enrique deja de importarle si es verdad o es mentira lo que acontece a su alrededor, siempre que pueda, no obstante, cumplir con su deseo. Sin embargo, el espíritu de la obra no decanta por el hedonismo. Esa primera ambición del personaje, también se desdibuja. Lo que prevalece es el absurdo, la exposición manifiesta del absurdo de la existencia misma.

Por eso todos los personajes cambian sus roles. Es decir, los roles de los personajes varían, porque nada se sostiene. No son estables. Son lo que son, pero podrían ser otra cosa y, de hecho, prueban ser otra cosa, aunque se trate de un vaivén. Los padres de Enrique son los padres y no son los padres (o lo son, pero de a ratos). Nada es seguro, nada es fijo, nada es estable, excepto la muerte.

El argumento, en pocas líneas, podría resumirse así: Enrique aparece en un paisaje que le resulta vagamente familiar, en una fonda. Los que atienden la fonda, de pronto son sus padres. La mesera se transforma en su novia de juventud. El padre de Enrique resulta ser el rey, aunque no se entiende el rey de qué, pues no hay lujos ni dignidades. Por el contrario, todo parece post-apocalíptico, como en los paisajes derruidos de Samuel Beckett. La ironía de autodenominarse rey, en un mundo destruido, en ruinas. Al principio, Enrique quiere casarse con María y su padre tiene que autorizar esa ceremonia. Pero Enrique derroca a su padre y él mismo autoriza su propia ceremonia. Sin embargo, todo está desteñido de irrealidad, incluso de una irrealidad alcohólica (y aquí es donde destaca el personaje del borracho) (se supone que los borrachos siempre dicen la verdad). El casamiento, entonces, se malogra, porque María, a lo mejor, le ha sido infiel con Pepe, el mejor amigo de Enrique. Pepe muere. El clima de fiesta, la celebración del casamiento, ha dejado de divertir. El casamiento ha sido reemplazado por un velorio. Lo que comenzó como farsa, se vuelve tragedia.

Las actuaciones son buenísimas, todas. Los papeles son difíciles, muy difíciles, ya que los personajes también cambian de personalidad, son eclécticos. Todo es ecléctico. El casamiento es una obra sobre la transformación, sobre las transformaciones. En definitiva, un paisaje enigmático. Divertido y enigmático, absurdo, angustiante y opresivo, pero también lleno de amarga y genuina comicidad. Una combinación que parece imposible, pero que es representada con indiscutible acierto, como en una lograda obra surrealista.

Los actores no sólo son talentosos como actores, sino también como músicos. La obra reclama que haya canciones y acompañamientos musicales, para sumarle tensión dramática a las escenas, que de otra manera quedarían deshilachadas. Pese a tanto cambio, pese a tanta metamorfosis y transformación, la obra es sólida como conjunto, unida por un sentido común, expresado en la música, que ayuda a homologar todo el proceso, en una experiencia conjunta que cala hondo y toca ciertas fibras sensibles.

El casamiento expone el horror y la fascinación que a Witold Gombrowicz le causaba y generaba, tanto la familia, la institución familiar, como la civilización en sí misma. Una civilización que se permite las ternuras del amor filial, de la amistad, del romance, pero también los horrores de la guerra. Una civilización, digámoslo de una vez, fatalmente fallida. Recordemos que el personaje principal, Enrique, ha vuelto de la guerra, es un sobreviviente de la guerra. Ha vuelto y no ha vuelto, porque del horror nunca se vuelve. Enrique aparece expuesto en un tiempo suspendido, cargando a cuestas la incertidumbre, el desconcierto, la angustia de esa zona nebulosa, de entretiempo. Entre dos mundos, entre dos vidas, entre dos realidades posibles o entre múltiples realidades posibles. La vida humana, en toda su complejidad significante.

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Esta entrada fue publicada en 14 septiembre, 2018 por en Sin categoría y etiquetada con .
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