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Julieta Mariel Messer Contacto: julieta.messer@hotmail.com

El río trae

Por Luciano Alonso*

El collage, como programa estético, arroja resultados aleatorios. Tomar elementos diversos y reunirlos de cierta manera, para generar nuevos sentidos. No es más que una técnica, una audacia artística que a veces funciona y a veces no. Es decir, a veces genera nuevos elementos interesantes y atractivos y, a veces, sólo aporta interferencia. En el devenir de la historia del arte, las técnicas de collage tuvieron cierto auge y, por alguna razón, fueron quedando en desuso. Al menos, de manera programática, consciente. Sin embargo, siempre resulta interesante volver a pensar el collage por la sencilla razón de que, extendiendo un poco su definición, encontraríamos que prácticamente no hay otra manera de concebir el arte en la posmodernidad. Toda producción artística (en cualquier disciplina), toma elementos precedentes y los reelabora y entra en diálogo con otras obras y movimientos artísticos, componiendo un verdadero entramado dinámico, que la consciencia tecnológica no hace más que amplificar y reproducir. El collage, entendido como esa fusión entre lo antiguo y lo moderno, lo multidisciplinario, el diálogo con otras obras y artistas, se presenta como la única alternativa posible, ante la creación artística en occidente. Hay una explicación de índole social, política. El multiculturalismo, la globalización, se presentan como corolarios del neoliberalismo. Por su parte, las redes sociales y la tecnología, forman parte de un mismo sistema, donde el arte queda conjurado. Entonces, es interesante pensar lo orgánico como una fuerza de resistencia y lo folklórico como una oposición ante lo moderno. Es interesante pensarlo de manera conceptual, abstracta, algo ingenua, incluso. En una realidad práctica y marxista, no pasa de ser una ilusión o un error de síntesis. Desde Internet, hasta las técnicas avanzadas de mezcla en un estudio de grabación, la industria discográfica y la difusión del arte, la tecnología avanza y lo contamina todo. Ya no quedan géneros puros (es algo materialmente imposible). Todo se reelabora y se autofagocita en un sistema ubicuo y demencial.

Como contracara, desde los siglos de los siglos, el arte siempre se ha presentado como una alternativa para que el género humano no pierda la cordura. ¿Pero qué es el arte a la luz de la posmodernidad, a la luz de la tecnología? El río trae no ofrece una respuesta, sino que aporta nuevos interrogantes, apostando por una obra que es un auténtico pastiche, cuyo argumento, escaso o nulo, puede reconstruirse casi de manera íntegra a través de citas textuales e hipervínculos. Desde Jorge Luis Borges a Clarissa Pinkola Estés, pasando por Sor Juana Inés de la Cruz, o Lope de Vega, con canciones folklóricas propias y ajenas, de José Larralde a Adrián Abonizio, amenizando una sucesión de escenas de ilación dudosa. Podría tratarse de un auténtico cadáver exquisito, pero el resultado conjunto es muy sólido. Quizás no hay una explicación metodológica, sino casual. El arte, cuando es auténtico, siempre tiene algo de mágico y explicar el truco puede resultar decepcionante (aunque ciertos críticos insisten en lo contrario).

Pienso que, como espectadores, lo mejor es despojarse de todos los prejuicios, preconceptos e ideas. Tal como la propia obra reclama, interpelando al espectador. En su lugar, lo mejor es experimentar lo que la obra tiene para ofrecer, a sabiendas de que se trata de una propuesta tan peculiar, como blanda (en un sentido de laxitud, donde todo cabe y es posible). No se trata tanto de que la obra no tenga sentido, sino de que  su sentido es dinámico, fluido. Mas esa fluidez no es tormentosa, como en un mar agitado, sino como a través del agua mansa. En definitiva, una curiosa propuesta, donde se amalgama lo experimental, con lo clásico. Una suerte de vanguardia tranquila. Una vanguardia reposada, en sordina.

Por alguna razón, cuando en el teatro off se habla de vanguardia, enseguida pensamos en algo estridente y extravagante. Pero, por suerte, hay otras posibilidades para la vanguardia. Al estar atravesada por canciones, que no desarrollan una función meramente estética, sino que articulan la trama, El río trae funciona como una suerte de musical, de opereta. Es una suerte de opereta folk, muy sutil e inteligente. La música diegética, de contrabajo y guitarra (alternativamente), las canciones, las voces de casi todos los actores, que también son cantantes e intérpretes, se conjugan con escenarios a veces minimalistas y a veces elaborados, cuyos rectangulares paneles verticales, funcionan unas veces como un trasfondo de pantallas, donde se proyectan imágenes alusivas y, a veces, como meros decorados. Todos los elementos, variados y diversos, se conjugan con acierto en una experiencia que, aunque podría aparecer desarticulada, expresa una gran consistencia.

Pienso que uno entra en una obra, cuando comienza a dejarse llevar por ella. Pienso que, en el caso de El río trae, eso sucede casi de inmediato, con los primeros compases del melancólico contrabajo. Después, es un ir y venir, una cosa dinámica y fluida, en el que el acierto o desacierto tiene algo de subjetivo y discutible. Pienso que, en este caso, su efectividad tiene que ver con la calidad probada de la materia prima con la que se nutre. Desde los autores mencionados, hasta otras situaciones o propuestas narrativas, históricas y políticas, de guion dudoso, pero efectividad indiscutible. Pienso que una obra funciona cuando es capaz de captar nuestra atención, cuando es capaz de introducirnos en ella, incluso cuando los temas que trata, no nos interesen a priori. Es una buena vara para medir la calidad de una obra. Por ejemplo, a mí no me interesa el fútbol y la secuencia en la que discuten el, así llamado, maracanazo (la inesperada victoria de Uruguay ante Brasil, en el Mundial de Fútbol de 1950) es una de las mejores.

En conclusión, es una obra muy bien hecha, muy sutil, deliciosamente experimental, que se anima a redoblar la apuesta, escena tras escena. Desde mitos populares, del orden de lo mágico, hasta saberes cosmológicos y discusiones sobre género, todo es posible. Los vestuarios, la iluminación, las actuaciones, se conjugan de una manera acertada, precisa, fluida, funcional, efectiva. Una obra muy bien armada, consistente, sumamente interesante, que transita ciertos lugares comunes, sin abusar de clichés. Tiene, desde luego, algunas notas falsas, algunas escenas que desbalancean en contra, pero ni vale la pena mencionarlas, ya que son detalles, que quedan disueltos en la eficacia del conjunto.

FICHA TÉCNICA
Pensamiento Textual: Vita Escardó.
Criterio Emocional: Victoria Egea.
Intuición Musical: Sergio Sainz.
Percepción Estética: Gabriel Diaz.
Vestuario: Stella Rocha.
Fotografía y Video: Ignacio Guglielmi.
Producción Ejecutiva: Iris Intilangelo.
Prensa y Comunicación: Simkin & Franco.
Teatro NoAvestruz

Humbolt 1857, Palermo
C.A.B.A. Argentina

Teléfono: (011) 4777 6956

Sábados de febrero y marzo a las 22.30hs.
 Localidades $200.- / $150 con desc.-
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Esta entrada fue publicada en 29 marzo, 2018 por en teatro y etiquetada con .
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