SPECTAVI, reseñas críticas -teatro,literatura,plástica,cine-

Julieta Mariel Messer Contacto: julieta.messer@hotmail.com

Los Imitadores

Por Luciano Alonso*

Los imitadores es otra de las ocho obras seleccionadas por la Bienal, entre cuatrocientas candidatas. Luego, es una propuesta mixta, de teatro y danza. La obra carece de guion, de argumento, de algún soporte narrativo, aunque, sí, hay diálogos (o un remedo de diálogo). Su directora, Macarena Orueta, también trabajó como asistente de Valeria Polorena, cuya obra, Anomalía (también seleccionada por la Bienal) tiene muchos puntos en común con Los imitadores. Claramente, el jurado de la Bienal estuvo, en esta oportunidad, lo suficientemente interesado en el teatro de vanguardia, no narrativo, tanto como para premiar dos obras muy similares entre sí.

Nuevamente, tenemos actores bailando y cantando y reproduciendo escenas de videoclips y diálogos de películas consagradas, sin que intermedie una explicación y sin solución de continuidad. La propuesta podría haber sido interesante, pero no lo es, porque carece de un soporte narrativo adecuado, de un argumento base que le otorgue coherencia y cohesión a las sucesivas performances. Entonces, lo que tenemos son viñetas sueltas y, en definitiva, una obra sin desarrollo y sin elaboración.

¿Por qué bailan los actores en escena? Porque sí. ¿Bailan bien, al menos? Sí, bailan muy bien, han realizado un gran trabajo, se nota las horas de ensayo, el esfuerzo, se respira su sudor desde las mismas butacas. Eso es valioso y se aplaude, desde luego, pero, ¿por qué bailan? Porque sí. Pues, muy bien. Si les gusta el teatro no narrativo, les encantará.

Tres actores (Astrid Gómez, Gabriel Reich, Gustavo Slep) van probando y rotando diferentes atuendos, con los que homenajean a diferentes íconos pop. En algunos casos, ese homenaje implica una danza (la mayoría) y, en otros, simplemente una performance. Así, transitan, de manera rotativa, los diferentes homenajes, desde Madonna, hasta Freddy Mercury, pasando por Woody Allen, Groucho Marx o Spider Man (sólo por mencionar algunos). Nunca se aclara o se hace explícito de qué ícono pop se trata. Es el espectador el que tiene que ir descubriéndolo. En las dos o tres primeras ocasiones, la curiosidad alimenta cierta intención lúdica, pero una vez que se entiende o descubre el mecanismo de la obra, el efecto pierde gracia y la obra, simplemente, se vuelve tediosa, porque no tiene ningún propósito, ni finalidad.

Por lo demás, los personajes elegidos para ser homenajeados, tienen algo aleatorio. Podrían ser reemplazados por cualquier otro ícono y la obra funcionaría lo mismo y, además, podría haberse prolongado indefinidamente en el tiempo. En rigor, hubiese dado lo mismo que fuese Madonna o Mick Jagger, porque no existe ningún vínculo, ninguna fundamentación, ningún hilo conductor, de nada. Básicamente, son tres personajes que imitan a íconos pop, durante todo el tiempo que dura la obra. Nada más. Desde luego, es necesario tener talento para poder transitar todos los diferentes registros. Ese talento es innegable y plausible. Pero la experiencia en sí, la obra analizada en conjunto, genera el mismo efecto de una obra en construcción, de un borrador, de algo incompleto y crudo.

A veces, el arte se encarga de hacer visible lo feo, lo grotesco, lo aburrido. Estoy a favor de un arte no complaciente con los deseos de la industria. No obstante, es necesario transitar, primero, cierto camino para entender y decodificar la astucia subyacente en la pulsión destructiva. Para poder desarmar, romper, los límites, la forma, primero hay que saber y entender cuáles son. De lo contrario, no hay vanguardia, no hay arte, sólo un cascarón vacío, sin contenido.

En su libro Shanzai, Byung-Chul Han reflexiona a propósito del complejo arte de la imitación, muchas veces denostado por la cultura mainstream y reivindicado por el consumo bizarro. Las segundas marcas, los artistas tributo, el arte apócrifo, atribuido a autores consagrados, etc. Hay otros libros que exploran la, por decirlo en palabras de Mercedes Bunz, utopía de la copia. El tema, además de ingenioso, es complejo y atractivo. Lamentablemente, Los imitadores no lo explora, no lo explota, no saca partido, porque no reflexiona sobre el tema. Apenas es un sobreentendido, una sombra lejana, difusa.

Nuevamente, cuando todo el esfuerzo por darle un sentido a una obra, depende del espectador y únicamente del espectador, ¿cuál es, entonces, la tarea del artista? ¿Para qué seguir produciendo obra porque sí? Se sobreentiende como algo positivo que se produzcan muchas obras, cada vez más obras, incluso aunque no tengan ninguna finalidad ni sentido. Los estandartes fordistas de la industria, aplicados a la creación artística. Se sobreentiende que es un valor positivo y que los críticos e intelectuales tenemos que aplaudirlo.

 

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Esta entrada fue publicada el 24 noviembre, 2017 por en teatro.
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