SPECTAVI, reseñas críticas -teatro,literatura,plástica,cine-

Julieta Mariel Messer Contacto: julieta.messer@hotmail.com

Anomalía

Por Luciano Alonso*

Esto es así: si como espectador (no digo como crítico, digo como espectador), me hubiesen explicado que Anomalía consistía en un único personaje en escena (una chica, para más información) vestida de manera rara (de reminiscencias Sci-Fi), bailando durante 40 minutos ininterrumpidos al compás de la música de Morbo y Mambo… Si me hubiesen explicado, advertido, que la propuesta era esa, yo, en lo personal, hubiese aceptado gustoso porque me interesa la música de Morbo y Mambo y me hubiese parecido una manera inusual y diferente de escuchar su música. De hecho, creo que la propuesta es tan buena, que ojalá se vuelva hábito. Es decir, convocar al teatro a escuchar música, pero con cierta puesta en escena, de reminiscencias teatrales. Me parece una gran idea, en serio.

Ahora bien, lamentablemente, la propuesta inicial, en este caso, fue otra. Anomalía se presenta como una obra de teatro, bueno, de danza, quizás y, como tal, defrauda, porque no es una obra de teatro, ni tampoco es exactamente una obra musical o sí, pero sólo si forzamos las definiciones, los límites. Lo que, de buenas a primeras, no está mal. Pero hay que ver. En este caso, la propuesta carece de argumento, carece de guion, carece de personajes (hay un personaje, sí, pero, como no está desarrollado, en realidad es reemplazable y accesorio), en definitiva, carece de los elementos constitutivos básicos que acaso podrían definir una obra de teatro. Luego, lo más correcto sería hablar de performance. Aclaro que tampoco tengo ningún inconveniente con las performances, pero convengamos en que se corre el riesgo de lo anacrónico, de lo demodé, siempre que se quiere reinventar, lo que ya se reinventó mil veces.

El problema con el arte, a veces, son los discursos que intentan definirlo. Negar la influencia de ciertos aparatos de poder es negar una evidencia. Es muy difícil ser ecuánime cuando las opiniones aparecen necesariamente contaminadas por una opinión legitimada, precedente. El problema, en el fondo, es un problema político. El arte, en el fondo, siempre es un problema político.

El problema con Anomalía, entonces, no es estético. Es político. Quién decide lo bueno y lo malo. Quién decide lo que es arte y lo que no. Recordemos que la obra es una de las ocho seleccionadas por la Bienal, entre cuatrocientas candidatas.

De nuevo, la proposición inicial es atractiva. Una confluencia entre música y danza. Las imágenes que convoca, tienen reminiscencias Sci-Fi. Las palabras de promoción, de catálogo, son convenientemente abstractas. Pero, luego, está la experiencia en sí. El problema no es la obra, el problema son las palabras que intentan definirla. La ambición forzada y forzosa a través de la cual, la obra se posiciona en un lugar al que no llega.

Protagonizada por una única actriz (Valeria Polorena), que también es la directora. Como queda dicho, aparece en el escenario ataviada con un traje que tanto podría ser anti-radioactivo, como de astronauta o androide (o un poco de cada cosa). La obra no se encarga de explicarlo. Ni eso, ni nada. Básicamente, la obra consiste en este personaje, con este atuendo, moviéndose y bailando en un ambiente cerrado, que tanto podría ser una casa, como un laboratorio, como un set de filmación, como cualquier cosa que cada espectador quiera y pueda imaginar.

El problema es, precisamente, que el espectador tiene que imaginar demasiado. La obra maneja pocos elementos, pero no es porque sea minimalista, sino porque es una obra incompleta. Mejor dicho, no es una obra de teatro. Es una escena suelta, una escena sin marco de referencia, un experimento teatral y, como experimento teatral, es interesante. Pero, como obra de teatro, luce más como un borrador, que como cualquier otra cosa. No hay argumento, no hay guion, no hay una explicación posible o real, no hay pistas o sugerencias de una ambición narrativa, no hay nada, sólo hay música y baile y eso es todo. A veces, esta carencia es voluntaria y el resultado es interesante. A veces, no. En Anomalía, esta carencia está mal trabajada, mal explotada. La actriz baila muy bien, su performance es, incluso, genial. Desarrolla una manera de baile bastante original, que tiene ciertas reminiscencias a la danza de Pina Bausch, quien demostró que casi cualquier movimiento físico puede ser un baile. La propuesta, desde este abordaje, repito, es muy interesante. Pero es un baile sin un soporte narrativo, sin un soporte teórico, sin un marco de referencia. Un baile en el vacío. El espectador tiene que hacer un esfuerzo demasiado grande para recordar que está en una obra de teatro, para rellenar o completar la obra. Un esfuerzo tan grande, que al fin cabe preguntarse si vale la pena.

El arte no narrativo, la pintura abstracta, la performance, son propuestas que corren la suerte de volverse una excentricidad vacía de contenido. Cuando todo el esfuerzo por completar la idea, por darle un sentido, depende del espectador y únicamente del espectador, queda justificada la duda a propósito del valor del arte, de la obra en sí. Es decir, si se apuesta por una obra abstracta, tanto cabe lo sublime, como lo profano.

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Esta entrada fue publicada el 23 noviembre, 2017 por en Sin categoría.
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