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Julieta Mariel Messer Contacto: julieta.messer@hotmail.com

La madre del desierto

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Por Luciano Alonso

Es interesante cómo ciertas obras de arte parecen funcionar, sólo después de ser analizadas con un aparato crítico. Donde el auxilio de la explicación precede a lo espontáneo. Un fenómeno que, de tan habitual, se ha vuelto invisible. En realidad, las reminiscencias son antiguas. Tan antiguas como la polémica que enfrenta al arte bueno contra el arte malo, incluso cuando todavía no resolvimos si lo bueno y lo malo son características propias, naturales, o si son convenciones sociales, culturales. Desde luego, no hay una respuesta. A veces pienso que hay algo inmanente en la obra de arte, que sabe imponerse, más allá de cualquier explicación, de cualquier tecnicismo. A veces pienso que, por el contrario, ese tecnicismo y explicación posible, devienen en el verdadero hecho artístico. Probablemente cada caso es especial y único. Sea como sea, son debates que se actualizan a diario, aunque no se vuelvan explícitos. Damos por sentado que ciertos debates estéticos pertenecen a un estadio muy anterior y primitivo del hombre y la cultura. Debates que ya fueron superados y reemplazados por otros, más sofisticados. Sin embargo no es así y casi todas las discusiones que nacen y surgen luego del contacto directo o indirecto con el arte en sus múltiples manifestaciones, actualizan las mismas viejas discusiones y polémicas.

La madre del desierto es una obra de arte y, como tal, está sujeta a toda clase de interpretaciones posibles. Si pensamos el arte como ese espacio abierto, de reflexión, de intercambio de sensaciones y pareceres, como esa maquinaria donde se trafican emociones y reflexiones, me parece que no hay manera de que una opinión, cualquier opinión, no se convierta en un valor positivo. Incluso aunque esa opinión, esa reflexión, no sea favorable o laudatoria. El mejor arte, el arte que verdaderamente vale la pena, es el arte que habilita esa posibilidad. No hay otra manera de encontrarse, de enfrentarse, cara a cara con lo sublime (sea lo que eso sea) sino asumiendo, de un lado y otro del escenario, que esa posibilidad es la que define el hecho artístico.

Sinceramente, me parece que no existe tal cosa como un arte bueno o un arte malo, pero sí existe un arte cómodo y un arte incómodo. Parece una tontería. Es un tema complejo. La dificultad radica en que lo cómodo y lo incómodo no guarda una relación directa con las emociones que una obra produce, idealmente o efectivamente. Pensar el humor como equivalente de comodidad, es una obviedad. Sin embargo, lo contrario ya no es tan obvio, ni tan fácil de aceptar. Digamos que hay un tipo de arte que nos mueve a risa, pero que no intenta ser complaciente. Ese tipo de arte es raro y es el tipo de arte en el que Ignacio Bartolone apuesta sus fichas. Una tentativa que suele ser tan inusual como ineficaz y que, sin embargo, en La madre del desierto se vuelve algo natural y definitivo.

En el mejor estilo Kurt Vonnegut, nos hace reír, pero esa risa nos genera incomodidad y, a su vez, esa incomodidad se vuelve valiosa. Es decir, un tipo de humor ambiguo, donde lo absurdo, lo desconcertante, se aproxima constantemente al abismo, generando tanto vértigo, como fascinación. Lo raro no es la obra en sí misma, sino esta apuesta radical. Esta tentativa por homologar varios discursos en un mismo discurso, a sabiendas de que todo podrá (y deberá) ser interpretado y malinterpretado, de múltiples maneras. A su vez, ese poder de abstracción, no es una maquinaria deshilachada, sino un cuerpo sólido, aunque disperso.

Podemos saber o no saber, de antemano, quién fue la, así llamada, Difunta Correa. Podemos estar familiarizados o no, con la bibliografía que precede a la obra. La experiencia, probablemente, sea distinta en un caso y otro, pero jamás aparecerá vacía de contenido y significado y ahí está el acierto. Los mitos que evoca (si es que evoca alguno), nos preceden y si no evoca un mito, entonces lo inventa. El punto es que ese invento o esa convocatoria resultan siempre efectivos. Lo confirma la experiencia. No hay manera de salir ileso de humorismo. Ya sea una sonrisa o una auténtica carcajada, en algún punto La madre del desierto nos captura y no puede ser de otra forma, porque, en su carácter anómalo, desconcierta y el desconcierto, como un espacio liberador, habilita el humorismo.

Ahora bien, llama la atención la economía de recursos. Que todo esto sea posible con tan sólo dos actores en escena (y dos músicos). En este sentido, lo laudatorio deja de ser una abstracción y se vuelve algo específico y concreto. Desde las soberbias actuaciones de Alejandra Flechner y Santiago Gobernori, hasta el vestuario y la escenografía. La música en vivo, da en el tono justo, generando una apropiada atmósfera persuasiva y onírica. En definitiva, una experiencia estimulante, inteligente, impostergable.

Ficha técnico-artística

Con Alejandra Flechner, Santiago Gobernori

Músicos en escena Victoria Barca, Franco Calluso

Producción Silvia Oleksikiw
Asistencia de dirección Gladys Escudero
Colaboración artística Maria Florencia Rúa

Música Original Franco Calluso
Diseño audiovisual Leo Balistrieri
Iluminación David Seldes
Escenografía y vestuario Endi Ruiz
Coreografía Carolina Borca

Dirección Nacho Bartolone

Teatro Cervantes

Jueves a domingo a las 18 h
Funciones accesibles 21 y 28 de febrero

Fecha estreno 14/02/2019

Última función 17/03/2019

 

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Esta entrada fue publicada en 13 noviembre, 2017 por en literatura, teatro y etiquetada con .
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