SPECTAVI, reseñas críticas -teatro,literatura,plástica,cine,ocio-

Julieta Mariel Messer Contacto: julieta.messer@hotmail.com

Miedo

Por Jesica Guarrina.

Miedo se erige como una pieza teatral poco convencional, pensada especialmente para la Sala Redonda del Centro Cultural 25 de Mayo. Mismo para los que solemos frecuentar este magnifíco edificio, patrimonio público de la Ciudad, este espacio resulta poco habitado y habituado a recibir obras como esta. En medio de doce arcadas de estilo neoclásico, se abre un inmenso espacio circular librado a la expresión del impulso creativo teatral. Por fuera del círculo, nos ubicamos nosotros, espectadores ansiosos, aguardando por algo que se plantea como cierta combinación entre teatro, danza y música. Según las sinopsis a las que alcanzamos vía medios de comunicación masivos, además de esta combinación de recursos expresivos, apreciamos que la obra refiere a la desolación y a la lucha por la sobrevivencia. Pero Miedo es aún más que toda esta descripción facilmente accesible. También refiere a las inclinaciones agresivas primordiales de los seres humanos. En El malestar de la cultura [1929], Freud da cuenta de las necesidades de satisfacción pulsional del hombre primordial así como de la renuncia de dicha satisfacción a la que se vio sometido el hombre culto. Nuestra cultura occidental no solo ha impuesto limitaciones a la vida sexual del hombre sino que también ha establecido diversas proscripciones a la inclinación y exteriorización de la agresividad estructural de la naturaleza humana. Esta obra teatral da rienda suelta a dichas pulsiones de agresión, hostilidad y de hostigamiento hacia el otro, ejemplificando, si se quiere, lo relatado en la obra freudiana.

Haciendo uso del cuerpo como instrumento de comunicación y de portabilidad de la condición teatral, Meloni y Velazquez entablan un vínculo misterioso, extraño, asustador. Sueltan solo dos o tres líneas de texto durante el transcurso de toda la obra: el resto es cuerpo. Se envuelven así en una trama física de movimientos, ademanes y gestos en el que la aptitud física y la voluntad muscular son exigidas. Logran conmover al espectador, mirarlo fijamente, estremecerlo. A su vez, comienzan a perseguirse el uno al otro, a martirizarse, a relacionarse mediante la violencia. No obstante, de ninguna manera se cae en el peligro de la exageración o de lo grotesco; más bien parece como si ellos estuvieran haciéndole cierto favor al espectador: el de exteriorizar u expresar por nosotros esa cuota de agresividad innata y adquirida. Sin escapatoria posible, los personajes corren y corren en círculos interminables, se gritan, expresan dolor físico, montan y desmontan construcciones hechas a base de listones de madera esparcidos por el suelo. Pocos elementos materiales, escenografía nula, vestuario sin pretenciones: solo cuerpo y expresividad elevada a su máximo nivel de exigencia física.

Que “el ser humano no es un ser humano, amable, manso, a lo sumo capaz de defenderse si lo atacan”, ya queda claro en la obra psicoanalítica mencionada. Freud supone lícito atribuir a la dotación pulsional del ser humano una cuota importante de agresividad. “(…) En consecuencia, el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo”[1]. Esta obra teatral produce la identificación con esta parte pulsional recóndita de nuestra interioridad, muchas veces negada, reprimida, sofocada, exteriorizada inconscientemente o proyectada en terceros. De nada serviría una organización cultural y social basada en la negación absoluta de la agresividad. Inversamente, sería más productivo la concientización de nuestra condición psíquica para lograr impulsar desde allí, una búsqueda de equilibrio entre este dilema fundamental. La búsqueda de placer de las pulsiones interiores inconscientes debe convivir forzosamente con la exteriorización de la agresividad, sin caer en la disolución de la comunidad ni en la prohibición y limitación extrema de las pulsiones. La realidad objetiva quizá debiera mostrarnos que la Ley, solo ella, acaso no alcance su cometido en la tarea de la inhibición de las pulsiones.

¿Acaso Miedo sea una especie de puesta en acto de una realidad retrocedida al estado primordial y primigenio del hombre, sin instituciones, sin familias, sin unidades culturales organizadoras de los rasgos esenciales de la occidentalidad? Sin desprender una respuesta tajante, el espectáculo puede que represente una reflexión creativa acerca de nuestra naturaleza originaria. Nada más. Ni nada menos.

[1] FREUD, Sigmund; El malestar en la cultura en Obras completas, volumen XXI; Amorrortu; Buenos Aires; 2007; pág.108.

 

Ficha Técnica:

Dirección: Ana Frenkel

Codirección: Daniela Bragone

Asistencia de dirección: Hugo Martínez

Producción: María José Schroeder

Intérpretes: Esteban Meloni y Diego Velázquez

Escenografía: Leandro Barzabal

Música: Diego Vainer

Diseño de vestuario: Cecilia Alassia

Diseño de iluminación: Paula Fraga

Fotografía: Constanza Niscovolos

Asesoramiento vocal: Diego Frenkel

 

Centro Cultural 25 de Mayo

Av. Triunvirato 4444, CABA.

Funciones sábados 22.30h (hasta el 19 de septiembre inclusive). Luego, pasa a los miércoles, 21h.

 

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Esta entrada fue publicada el 4 septiembre, 2017 por en teatro.
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