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Julieta Mariel Messer Contacto: julieta.messer@hotmail.com

La piel del poema

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Por Luciano Alonso

Dalí escribió que no hacía falta empeñarse en ser moderno, que es lo único inevitable. (No te empeñes en ser modernoPor desgracia, hagas lo que hagas, es la única cosa que no podrás evitar ser). Desde luego, hay una ironía detrás de la frase, que diluye la intención de confirmarla o desmentirla. Más que referirse a una cuestión cronológica, Dalí refiere a la famosa querella sobre los antiguos y los modernos, que aún es un tópico cultural, que enfrenta a los clásicos con las obras innovadoras. Más allá de la sucesión temporal, a lo moderno le siguió lo posmoderno que, sin querer, se transformó en una suerte de estilo, con reglas propias, y qué aburrido es el debate y cuánta vigencia tiene.

Pienso que, haciendo caso omiso de doctrinas y escuelas, lo más interesante, quizás lo único verdaderamente interesante, que tiene la modernidad y la posmodernidad para ofrecernos es la creación de nuevos sentidos, a través de la yuxtaposición de discursos preexistentes. No hay otra manera de ser clásico y moderno a la vez y no hay otra búsqueda más interesante y noble. Todos sabemos que, por más empeño que se ponga en el clasicismo, el contexto modifica el discurso y así es como Pierre Menard se vuelve vanguardia.

Sin embargo, la autoconsciencia de una obra sobre su propia posmodernidad suele prohijar experiencias defectuosas, cuando no execrables. Hay una suerte de pulsión implícita que necesita que esa autoconsciencia sea accidental, jamás intencional. Este discurso aplica a las reflexiones teóricas a propósito de la poesía. En el lenguaje se operan continuamente procesos de mutación de sentido, que modifican los discursos, mas no existe control sobre ellos. La mala poesía se autoproclama poesía. La mejor poesía es la que ocurre por accidente.

La piel del poema es una obra rigurosamente posmoderna y lleva a cabo su condición de la mejor manera posible. Es decir, por accidente, que no es lo mismo que decir casualidad. Aquí nada ocurre por azar, hay una fórmula. Donde se solapan varios ejes temáticos y se construyen nuevos sentidos, a través de un proceso de apropiación de mitologías de naturaleza variada. Piedra sentada, pata corrida, la anterior obra de Ignacio Bartolone, funcionaba con la misma matriz y está claro que la fórmula funciona.

Lo que quiero decir es que tanto una como otra, son obras que no se construyen desde lo posmoderno, ni exaltan su condición, pero que, sin embargo, lo son. Fagocitan mitos populares y los reconstruyen, dotándolos de nuevos significados. Piedra sentada, pata corrida, revisitaba los mitos de la civilización y la barbarie, de la familia, de la superioridad masculina. La piel del poema, el mito del poeta, del amor homosexual y de lo sobrenatural. En este caso, la apropiación de otras fuentes se amplía hacia la literatura, con Ricardo Zelarayán, como indicativo evidente. Ya desde el mismo título de la obra se lo alude, pero eso no es todo. El paisaje litoral en el que transcurre la obra parece remitir a las escenas de La piel de caballo, con los remolcadores portuarios en el cruce entre el Paraná y el río de La Plata. Como si fuese poco, hay un comisario que se sueña paraguas, tal como acontece en un poema de Traveseando. A través de la mención explícita del nombre del autor, la misma obra se encarga de confirmar ese hipervínculo. Seguramente hay otros guiños cómplices, rastrearlos es gratuito. El punto es que la operatoria, posmoderna y genial, funciona y se repite: crear un discurso original, a partir del reciclado de múltiples fuentes y así es como funciona la mejor poesía y, por eso, La piel del poema es, además de una obra de teatro ambiciosa y rica, un homenaje a la poesía.

La obra arranca con un monólogo sugerente y misterioso de un personaje que también lo es. Me refiero al gaucho Manfloro, encarnado con tino por el actor Marcos Ferrante. Este personaje, de alguna manera, sirve como nexo aglutinante de los otros. ¿Es realmente una aparición espectral o es el mito popular el que lo reviste de un aura sobrenatural que, en rigor, no tiene? Se sabe que la gente tiene una sed inagotable por creer en metafísicas y que, en ausencia de mitos consistentes, encuentra la manera de inventarlos. Al parecer, hay una necesidad en la naturaleza humana por creer en lo increíble, hasta el punto de inventarse mitologías, de ser necesario. ¿Y qué pasa con la poesía? ¿Realmente devela una realidad diferente, un mundo que subyace al mundo de la forma? Para el caso, es lo mismo. La necesidad de creer en una realidad que está más allá de lo real. Espectros o visiones de un mundo inexpresable. Fantasmas o lenguajes simbólicos.

Las historias que transcurren en paralelo podrían no estar relacionadas. Sin embargo lo están: un policía que quiere ser poeta (nótese la similitud fonética entre poesía y policía) y un comisario obsesionado con una pesadilla recurrente. Otra vez, el mundo inexpresable, el subconsciente haciéndose presente. Luego, la historia de dos amigas que, tal vez, quieren ser otra cosa. Al menos, una de ellas confirma sentir por su amiga un amor lésbico. Precisamente el espectro Manfloro encarna el mito del amor homo-erótico. En el devenir de los acontecimientos, todos los personajes y subtramas se encuentran.

Más allá de toda esta cháchara intelectualoide, lo cierto es que La piel del poema es una experiencia única, plenamente satisfactoria. Aún queda un último detalle: la música en vivo de Franco Calluso, cuya permanencia merecería volverse invisible en el continuum de la obra y no lo hace, violentando la lógica del verosímil. Astucias y sutilezas de una obra inteligente y efectiva.

Ficha técnico artística

Dramaturgia:

Ignacio Bartolone

Actúan:

Karina Elsztein, Marcos Ferrante, Cristina Lamothe, Ariel Perez De Maria, Luciano Ricio

Músicos:

Franco Calluso

Vestuario:

Paola Delgado

Escenografía:

Paola Delgado

Iluminación:

Claudio Del Bianco

Diseño gráfico:

Sebastián Roitter

Asistencia de iluminación:

Facundo David

Asistencia técnica:

José María Gómez Samela

Asistencia de dirección:

Mercedes Vivacqua

Producción:

Mariu Lombardi, Malena Schnitzer

Coreografía:

Carolina Borca

Dirección:

Ignacio Bartolone

 

EL EXTRANJERO

Valentín Gómez 3378 (mapa)

Capital Federal – Buenos Aires – Argentina

Teléfonos: 4862-7400

Web: http://www.elextranjeroteatro.com

Entrada: $ 160,00 / $ 130,00 – Viernes – 23:00 hs

 

 

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Esta entrada fue publicada en 20 junio, 2016 por en teatro y etiquetada con , .
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