SPECTAVI, reseñas críticas -teatro,literatura,plástica,cine-

Julieta Mariel Messer Contacto: julieta.messer@hotmail.com

Y a mí, ¿qué me parece?

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Por Jesica Guarrina.

En uno de los países en los que todavía, afortunadamente, se continúa invirtiendo en la producción y difusión de una teoría y de una práctica psicoanalítica aplicadas a las nuevas demandas individuales –y sociales, claro está- de un capitalismo que se aboga de ser multicultural, moderno y posmoderno en el sentido de liberación, de igualdad y de inclusivo; en un país como Argentina, en el que algunos tienen la valentía de denunciar publicamente la hipocresía que aún domina tan descarada y desfachatadamente las relaciones humanas, podemos reconocer el mérito que semejante labor significa en un contexto donde prevalece la virtualidad de los vínculos- y no los vínculos en sí mismos. Virtualidad, estado gaseoso de las relaciones que -refugiados tras la fachada de “unidad” e “inclusión social” y de rótulos trillados por el consumismo cultural como “todos somos….(¿negros? ¿charlie hebdo?)” y representados linguisticamente en conceptos como “mandar un whatsapp” – ya había sido advertida por el mismísimo Freud en 1929, claro que bajo otras circunstancias históricas, pero susceptibles de extenderse hasta nuestros días. “(…) El aislamiento voluntario, el alejamiento de los demás, es el método de protección más inmediato contra el sufrimiento susceptible de originarse en las relaciones humanas (…)”[1] Redes sociales, tarjeteo, cibersexo, son algunos de los productos más recientes de dicho aislamiento, funcionales a la ilusión de permanencia en el estado oceánico; síntoma de que aún, el ser humano, no es consciente del propio deseo y con ello, de que no es consciente de su propia constitución interna y de la la lucha psíquica y social trabada entre goce y dolor, pulsión de vida y pulsión de muerte; muestra de que no pretende hacerse cargo –de hecho, se encuentra en las antípodas de semejante hazaña- de su propia sexualidad, subjetividad, socialidad, del dolor y de lo reprimido.

En este marco, surge este stand up psicoanalítico. Lejos de posicionarse como un espectáculo excluyente, solo para psicoterapeutas, psicólogos o médicos, Alfredo Grande nos propone una sesión psicoanalítica muy divertida sin necesidad de sentarnos en el viejo ni estereotipado diván al lado de un –también estereotipado- hombre barbudo y con pipa. Porque lo que realiza Grande en este unipersonal no es nada más – ni nada menos– que desnudar y desnudarse en ciertas cuestiones de nuestra práctica individual y social a través del habla, de la interpelación al espectador, del humor. En una palabra, a través del lenguaje. Ese campo vital de la praxis social a partir del cual los primeros estructuralistas como Saussure y Freud, hace 120 años, permitieron una apertura inigualable hacia un conocimiento acabado del sujeto y de lo social y vislumbraron el gérmen de lo que luego sería denominado como discursos, fenómenos sociales y objetos sociales que conllevan la posibilidad de lo decible y lo visible, que construyen entidades en pugna por la hegemonía, a partir de eso que se habla y de esa materialidad textual que representa.

Alfredo Grande no posee formación actoral formal. Sin embargo, a través de su autopresentación como médico psiquiatra, psicoanalista y cooperativista –y de todo lo que conlleva serlo- deja su marca en la confrontación del discurso vigente, ese conjunto de enunciados construidos por el conjunto de significantes vigentes en la sociedad. El uso político que se desbanda de tal postura es nítida y precisa. El objetivo de utilización del espacio escénico y de la relación teatral, no sólo como herramienta posible de especie de terapia en vivo anclada en una metodología de asociación libre sino también, como herramienta de fuerte crítica e intervención social, es claro. No cabe duda alguna que, más allá de decir lo que a él le parece sobre la construcción y formulación de la subjetividad en nuestros días, Alfredo Grande busca lisa y llanamente al menos, interpelar y provocar al espectador. Apoyado en un lenguaje sencillo, “cambiemos nuestro pasado” resulta ser la sugerencia final fundamental de la obra de nuestro psicoanalista-actor-personaje, puesto que si la realidad personal-social o el mundo de la vida, no es más ni menos que una red de estructuras de intersubjetividad linguisticamente generadas, la única posibilidad que nos resta para alcanzar eso abstracto que llamamos “felicidad”, es la reflexión consciente acerca de la adquisición e interiorización de nuestras estructuras mentales y cómo a partir de ellas se cuenta o se produce una historia. Cambiar la historia es desestigmatizar el pasado, es contar ese pretérito de otra manera. No es negación. Ni mucho menos abolición del deseo, tarea a la que se ha dedicado incansablemente el sistema capitalista “pluricultural”. Alfredo Grande, hilvanando su argumentación alrededor de tres ejes tabús como los son el sexo, el dinero y la relación entre el sexo y el dinero, simbolizados bajo la figura del matrimonio; arremete y se enfrenta a esta perversa cotidianeidad de represión del deseo; prácticas y discursos concatenados bajo la resurgente moral burguesa, la democracia liberal y el imperialismo multicultural. Grande también cuestiona y polemiza la noción de unidad: unidad como masificación, como totalidad única, como unificación del deseo. Y nos recuerda que “todo (lo reprimido) retorna”. Ya Marx en La cuestión Judía denunciaba la infamia de los derechos proclamados en la Constitución del Hombre y del Ciudadano durante la Revolución Francesa y ya Nietzsche – en todos sus escritos- proclamaba dichos como “este libro pertenece a los menos. Tal vez no viva todavía ninguno de ellos. (…) Hay que estar entrenado a vivir sobre las montañas –en ver por debajo de sí la miserable charlatanería actual acerca de la política y del egoísmo de los pueblos (…)” [2] Que ni partimos de la misma línea de salida, ni que gozamos de las mismas condiciones de acceso a los bienes culturales son verdades ya confirmadas por la experiencia histórica. No somos iguales por más de que sistemas como la moda, la democracia, la industria y la técnica pretendan hacérnoslo creer. La pregunta es si queremos serlo. Si queremos ser iguales. Y no ser hipócritas en la respuesta. Por eso Grande llama a la unión y se define como cooperativista, y no se refugia en máscaras de universalidad, ni política popular, ni unidad.

Quizás vivir en la montaña signifique un plan ambicioso para simples mortales como nosotros –señala Grande hacia el final de su espectáculo- pero sí podemos elevarnos un poquito del suelo, subiéndonos a un banquito…

[1] FREUD, Sigmund [1929]; El malestar en la cultura en Obras Completas, Tomo XXI, Amorrortu, Buenos Aires, 2008.

[2] NIETZSCHE, Friedrich [póstumo, 1895]; El Anticristo, Alianza, Buenos Aires, 2008.

 

Teatro La Clac, Av. de Mayo 1156, CABA. Sábados 20 y 22hs.

FICHA TÉCNICA:

Autor e intérprete: Alfredo Grande

Luces y sonido: Federico Grande

Ambientación escénica: Oscar Ciancio

Asesoramiento actoral: Sebastián Raffa

Fotografía: Gustavo Abadía

Prensa: Laura Castillo

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Esta entrada fue publicada el 31 mayo, 2016 por en teatro.
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