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Julieta Mariel Messer Contacto: julieta.messer@hotmail.com

Piedra sentada, pata corrida

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Por Luciano Alonso

El teatro nace como un ritual, donde se repite una instancia fundacional de la sociedad. La escenificación del hombre contra su destino y la subsecuente pedagogía civilizatoria. En el caso de Piedra sentada, pata corrida esta operatoria se amplía a partir de tres ejes: el mito de la antropofagia, el mito de la civilización y el mito de la supremacía masculina. Podríamos decir que hay una moraleja al final, pero ha quedado algo desdibujada y ese es su acierto.

Piedra sentada, pata corrida, funciona como un inmenso laboratorio donde contrastan la pedagogía heredada de la dramaturgia con la comedia entendida en un sentido amplio. El espectáculo evidente intenta hacer consciente la reflexión sobre lo humano, a partir de su ridiculización por el absurdo, convirtiendo la obra en una exageración de la historia argentina y aunque por momentos prevalece la caricatura, hay una ideología detrás, que impide que las secuencias se deshilachen en un puro grotesco.

Al detenerse en el drama intrafamiliar, Piedra sentada, pata corrida deja de ser una obra histórica para volverse una ficción. Podríamos decir que el escenario histórico que le da contexto puede desecharse. Sin embargo, en el vaivén que va de lo universal a lo particular y viceversa, la obra queda ligada a esta tensión implícita. Por otra parte, es una obra cómica, pero no se agota en la comedia. Desde los distintos roles de los protagonistas como metáfora, hasta el trasfondo vincular de sentido. Contiene varias capas que pueden ir analizándose y desmenuzándose gradualmente. La historia de una tribu es también la historia de una familia y en las relaciones de parentesco entre los miembros de la tribu se desarrollan tópicos de carácter universal.

Si bien el relato se centra en los Lechiguangas (una tribu araucana en vías de extinción), el foco se cierra todavía más en un puñado de personajes que repiten la funcionalidad y disfuncionalidad de la estructura familiar tal como la conocemos. La figura del padre-cacique y su autoridad cuestionada, la relación entre hermanos que compiten por el amor de la madre y finalmente la madre, como sostén familiar y protectora de los valores morales y éticos de la sociedad.

El argumento se desenvuelve más o menos así: los miembros masculinos de la tribu Lechiguanga dan caza al hombre blanco. Son antropófagos. Pero los corroe la culpa. Porque el hombre blanco no se digiere bien y les causa malestares físicos, pero sobre todo porque la madre de la tribu (que aunque no porta ningún título representa la verdadera autoridad) desaprueba esta práctica, por encontrarla inhumana. La culpa y la satisfacción del goce prohibido se asocia a lo masculino y qué opinaría Freud de todo esto. Por otra parte, tal como enseña Andrade, la antropofagia deja de ser literal para volverse una metáfora. Los Lechiguangas, al comer al hombre blanco, se mimetizan con ellos, llegando -incluso- a dominar su idioma.

Los Lechiguangas no parecen tener demasiadas ambiciones, ni cultivan destrezas. Se desplazan físicamente buscando dónde establecerse para satisfacer demandas biológicas primarias, pero esa búsqueda resulta más compleja de lo que quisieran y termina aislándolos. Lo que los lleva, consciente e inconscientemente, a cuestionar su identidad individual y colectiva. Piedra sentada, pata corrida es, también, una inmensa reflexión sobre la identidad.

Hay un giro argumental cuando la tribu conoce a Luciano Ceballos, una suerte de mercader y explorador cuya personalidad los desconcierta y seduce. Toda la obra da un golpe de timón a partir de la inclusión de este personaje. Luciano Ceballos representa otro aspecto de la civilización, otra cara del hombre blanco. Es una suerte de poeta y su ambición civilizatoria aparece positivamente ligada a la idea del progreso. Quizás por eso no se impone con brusquedad, sino que apuesta por el intercambio cultural.

Finalmente, las discusiones sobre la otredad y la transformación posible a partir del encuentro con el otro se vuelven inevitables. ¿Quién es más civilizado que quién? ¿Qué es la civilización? ¿De qué manera la interrelación es beneficiosa? ¿Qué es el progreso?

Estas cuestiones surgen con naturalidad, mientras la obra transcurre entre risas y desparpajo. Piedra sentada, pata corrida no fuerza conclusiones ni presenta una única respuesta ante una discusión que merece permanecer abierta. Hay otros aspectos más sutiles, relacionados con la religión y el misticismo y aunque resultan difíciles de categorizar, tienen una gran presencia en la obra y la definen. Desde la contemplación de un ñandú como mensaje divino, hasta la figura del Gran Peludo que, dicho sea de paso, aglutina y da forma a toda la obra, a través de una doble presencia: como autoridad abstracta y religiosa, pero también como relator ex-profeso.

Lo interesante de Piedra sentada, pata corrida es que admite una lectura intelectual, pero que no la necesita para funcionar. Es difícil desentrañar este acierto, aunque entiendo que tiene que ver con la impecable puesta en escena y la increíble caracterización de los personajes, capaces de causar una impresión profunda e inolvidable. Todo funciona bien en Piedra sentada, pata corrida: el timing de la obra, la relación entre los actores, la utilización del espacio, el aprovechamiento inteligente de los elementos disruptivos (como la desconcertante inclusión de canciones que dan continuidad al relato), el uso cómplice de un lenguaje inexistente, que quiere ser autóctono y está contaminado por la contemporaneidad, etc. Insisto, todo funciona bien. Lo que ayuda a que la obra fluya con una naturalidad que al fin resulta excepcional y cautivante.

Si no van a verla, probablemente se pierdan de una de las mejores apuestas que se presenta hoy día en los escenarios porteños.

 

Ficha técnico artística

Dramaturgia: Ignacio Bartolone

Actúan: Julián Cabrera, Gustavo Detta, Jorge Eiro, Cristina Lamothe, Ariel Perez De Maria, Eugenio Schcolnicov

Escenografía: Mariana Gabor, Paola Sigal

Iluminación: Claudio Del Bianco

Diseño de vestuario: Paola Delgado

Realización de objetos:Lucia Costantino

Música: Ariel Obregon

Letras de canciones: Ignacio Bartolone

Diseño: Sebastián Roitter, Julián Solís Morales

Fotografía: Lucas Olmedo

Asistencia de vestuario: Belén Biniez

Asistencia de dirección: Catalina Berarducci

Producción: Paloma Lipovetzky, Malena Schnitzer

Coreografía: Carolina Borca

Dirección: Ignacio Bartolone

 

Web: https://www.facebook.com/piedrasentada

Duración: 60 minutos

TIMBRE 4
México 3554
Capital Federal – Buenos Aires – Argentina
Reservas: 49534232
Web: http://www.timbre4.com
Entrada: $ 120,00 – Domingo – 21:15 hs – Del 23/08/2015 al 27/09/2015

 

 

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Esta entrada fue publicada en 22 agosto, 2015 por en teatro y etiquetada con .
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